Marga Clark en el Círculo de Bellas Artes


Cuando el sentimiento se hace novela

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado

Doctor  y Profesor de Lengua y Literatura

Desde la primera página del libro presentado por la Editorial Funambulista, Amarga luz, la autora, Marga Clark, me recuerda a Valle-Inclán. Me lo recuerda en esa explicación de que está escribiendo una novela basada en sus recuerdos, y que al fin y al cabo, nadie puede saber a ciencia cierta si sus recuerdos son reales o están matizados por los deseos y los sentimientos. De hecho, a la hora de la verdad, yo apostaría por lo segundo.

En la página 68, Valle-Inclán aparece explícitamente como uno de esos fantasmas que se convierten en motivo recurrente en la obra. Está claro que al igual que hiciera él en su segunda época, instado por Ortega y Gasset a poner las entrañas en su obra y dejarse de princesas, Marga Clark pone toda la carne en el asador, regalándonos una novela que nos encogerá el corazón, una novela que nos hará sentir muy fuerte a poco que tengamos corazón.

Confieso que me he encontrado muy identificado con Marga Clark, ya que si ella tiene una tía Marga a la que nunca conoció, y a la que debe el nombre, yo también tengo un tío Adolfo al que tampoco conocí, que me atrae de la misma manera, y evidentemente, a él debo mi nombre, aunque mi tío, Adolfo Gómez de Mercado, muriera en un accidente.

Por eso he leído su obra con curiosidad, y hasta con los pelos de punta, al verme reflejado en esos sentimientos, en esa pasión por el pasado. Desde luego, a la
hora de optar por una estética, yo apuesto por la del pasado que se va, a la de la vanguardia que viene. Generalmente, son los que apuestan por el futuro los
que pasan a los libros de literatura, pero Valle-Inclán también apostó por un Modernismo retro y todos lo conocemos.

Sin desvelar demasiado el argumento, diremos que esa tía Marga es Marga Gil Roësset, escultora y poetisa enamorada de Juan Ramón Jiménez. Dicho amor no fue correspondido y la tía de nuestra Marga se suicidó, convirtiéndose así en un fantasma –la metáfora es de la autora- que ella tuvo que descubrir poco a poco, a escondidas. Esa parte de la infancia nos recuerda el mundo de los folios con la marca de galgo, los tinteros, las plumas, los ascensores forrados de madera… Nuevamente un mundo que ha desparecido y que Marga Clark inmortaliza en su novela, como ya hiciera el propio Ramón María del Valle-Inclán con los pazos de blasón en la fachada, los curas que hablaban latín –latines le gustaba decir a él- o las Guerras Carlistas.

Gracias Marga por tu creación, invito a que nuestros lectores la disfruten de con esos ojos, que entren en la obra como yo he entrado y se emocionen todo lo que puedan, que para eso se ha hecho este esfuerzo, aunque la intención inicial es la del homenaje a Marga Gil Roësset, y vaya si se logra.

En el aspecto formal, sobriedad y belleza se dan la mano en una combinación de imágenes en blanco y negro y celeste muy acertada, que la disfruten.

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