“El último barco”, de Domingo Villar


Un barco triste que hace reír

Clasificación: Novela Policíaca

Editorial: Siruela / Policíaca

Allá por 2006, Leo Caldas irrumpió en el mundo de las letras gallegas, en concreto, el género policíaco con “Ollos de agua” y es que, Domingo Villar escribe en gallego. Así lo decidió entonces y sigue fiel a su idea aunque luego sea traducido al castellano o español y otros idiomas.

Era una apuesta y salió muy bien. Tan bien que Leo Caldas y Rafael Estévez siguen resolviendo casos en 2019. Los resuelven con maestría en el sentido narrativo de la cuestión.

Son dos policías que tienen sus problemas, sus soledades, sus preocupaciones… En este último barco que hoy nos ocupa hay dos barcos, uno literal que no llega a tomar la víctima de la trama –Mónica Andrade- y otro metafórico que sí toma Leo Caldas, el barco del amor.

Hay una cita muy breve que aparece al final de la novela que no me puedo resistir a citar: <La mejor forma de no volverse loco es perder de vez en cuando la cabeza> (p. 557) En este sentido, hay dos personajes que van diseminando sabiduría y buenas citas por toda la novela. Uno es el padre de Leo Caldas que es quien empuja a su hijo a subir al barco del amor con la cita que acabo de copiar.

Otro es Napoleón, un mendigo que posiblemente fuera profesor de latín en tiempo de bonanza y que ha pasado a verse en la calle y pidiendo una ayuda en la puerta de La Escuela de Artes y Oficios de Vigo. Un edificio que pasa a ser personaje por la relevancia que tiene en la trama. Desde luego, subrayado en fosforito por si algún día hubiera ocasión de ir a esa ciudad maravillosa.

Sin embargo, la vida tiene marisco, vino, a veces, hasta una rosa. También tiene barcos que se quieren tomar para escapar del peligro y que no se llegan a conseguir. Es lo que le ocurre a Mónica Andrade, una chica o mujer –el propio Leo Caldas se corrige diciendo que no es tan chica, que tiene ya más de 30- Una chica, para muchos de nosotros, que decide hacer otra vida que la que lleva su padre –médico excelente que conduce un buen coche y tiene un dinero que rechaza su hija-

La cuestión es que la muerte de Mónica Andrade tiene y no tiene que ver con la riqueza. Eso lo desvelarán los lectores si llegan a la última página. La verdad es que no tiene que ver tanto con el dinero como con el compromiso, con ser consecuente con sus ideales.

Formalmente, preside la cubierta una imagen que invita más a admirar la costa a resguardo de una buena cristalera con unos mejillones y un cuenco de Ribeiro que a darse un baño. Es una novela que se puede empezar a leer en Navidad y, según ritmos de lectura, podría durar casi hasta Semana Santa. El lector libre decide sus tempos y cómo leer. Decide si alterna lecturas o no. Es quien tiene la última palabra. Que la disfruten.

Adolfo Caparrós

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