Unas Navidades Distintas: Homenaje a Charles Dickens


 

Por Adolfo Caparrós Gómez de Mercadoárbol de Navidad

 

Philippe era un trabajador serio, buen marido y buen padre. Cuando se acercaban las Fiestas, el jefe convocó una reunión en la que contó a los trabajadores que el compañero encargado de pagar las nóminas se había fugado con todo el dinero. Era un caso especialmente doloroso porque, no solamente se había llevado una mensualidad, sino que había aprovechado a la Navidad para llevarse también la caja de las pagas extras.

La desolación del chico era tremenda cuando le contaba todo esto a Carmen, su pareja, con la que había tenido a Elisa. Habían dejado todo para el último momento y ahora no podrían comprarle ningún regalo. Una catástrofe en toda regla.
Como es natural, Philippe abordó a su jefe y le habló de su hija de 7 años, de la tristeza e impotencia que suponía dejar a la pequeña sin regalos. El jefe comprendía su situación y le dijo que el primero en recibir algo de dinero sería él pero que lo primero era pagar los gastos, a los proveedores

e ir sacando los productos. Si no, qué iban a vender. ¿De dónde iban a sacar los ingresos para pagar las nóminas?
La desolación de Carmen y Philippe iba en aumento según se acercaba el día de Nochebuena. Carmen le dijo que se le había ocurrido una idea. Iban a preparar un falso pergamino en el que Papá Noel le decía a Elisa que se le habían quedado sus regalos en Laponia y que se los traería para Fin de Año. Confiaba en que para entonces hubieran encontrado alguna solución.

Nochebuena

Cuando llegó la noche sacaron la carta y la dejaron al pie del Árbol de Navidad. Elisa se levantó llena de ilusión, muy temprano para buscar sus regalos. Cuando vio el misterioso pergamino lo leyó con interés decreciente según avanzaba la lectura. No podía creer lo que estaba leyendo. Que Papá Noel se había dejado sus regalos en casa. Escupió sobre la cartulina, la pisoteó y pegó un poderoso grito que alarmó a sus padres, que no habían pegado ojo y que estaban a la expectativa para ver la reacción de la niña.

Carmen intentó tranquilizarla pero la niña era una rabieta hecha persona, gritaba, rasgaba y pisoteaba la carta y no entraba en razón.

– No quiero panettone.- Muy digna, agarró el plato con el mejor trozo y lo arrojó a la basura con desprecio.
– Elisa, seguro que Papá Noel te va a recompensar por su descuido, solamente tienes que tener un poco de paciencia.- Su madre no sabía cómo aplacar su disgusto.
– Odio la Navidad, odio a Papá Noel y a su trineo.- Al oír a los vecinos con sus juguetes, sus gritos de alegría, se ponía todavía peor y sufría mucho, al igual que sus padres.
– Voy a bajar la basura.- Philippe se sentía culpable por todo lo ocurrido, no sabía qué hacer ni cómo ocultar su vergüenza así que decidió salir de aquel ambiente irrespirable con la excusa de bajar la basura.
Fueron pasando los días y los ánimos se aplacaron un poco con la esperanza de que para el Fin de Año llegaran los ansiados regalos. Sin embargo, la fecha se iba acercando y no aparecía la esperada solución.

Fin de Año

Llegó la Nochevieja sin otro arreglo que un nuevo papiro en el que se decía a Elisa que Papá Noel había entregado sus regalos a los Reyes Magos que irían por allí el 6 de enero sin falta. Para entonces tendría los regalos.

Casi sin terminar de leer el papel la niña volvió a gritar y a patalear todavía con más fuerza. Esta vez la emprendió con el Árbol de Navidad. Lo tiró al suelo de una patada y empezó a pisotearlo y aplastarlo con todas sus fuerzas. Enseguida llegaron los padres. Las miradas de Carmen a Philippe eran un auténtico poema. Esta vez, ni siquiera buscó la excusa de la basura, se puso un chaquetón y salió a la calle sin siquiera desayunar.

Eran las Navidades más tristes que estaba viviendo la familia. Philippe volvió a abordar a su jefe.

– ¿Qué se cree que nosotros estamos cargados de regalos? Estamos igual que usted. Mi hija no tendrá 8 años…
– 7 Don Emilio, la niña tiene 7 años.
– Me da igual, no tiene los mismos años que su hija pero es una adolescente. Es una edad muy difícil y lo está pasando muy mal también, no se crea. Otra cosa no le puedo decir. Sé que es de nuestros mejores trabajadores, siempre puntual y muy eficiente pero por ahora no puedo hacer otra cosa. Si quiere irse lo entenderé. Si no se fuera, le prometo que está en la Pole Position para cobrar. El primer dinero que se cobre será el suyo. Otra cosa no puedo hacer.

Noche de Reyes

Llegó la última oportunidad y seguían igual o peor que en diciembre. Ni siquiera hubo una carta en la que desencadenar la ira. Elisa se levantó y al ver los pies del maltrecho Árbol de Navidad vacío reaccionó como no lo había hecho hasta ahora. Se quedó parada y en silencio y unos tremendos lagrimones inundaron sus grandes y profundos ojos negros. Lloraba de impotencia, no comprendía cómo le podía estar llegando semejante castigo a ella que era una niña buena. Con sus travesuras y maldades propias de la edad, pero sin malicia.

Esta vez sí que fue a la cocina y comió el dichoso panettone con la seguridad que era lo más navideño que iba a disfrutar ese año. Que una golosina tan dulce como esa se agrie es algo que no se puede entender si no se vive lo que vivió la buena de Elisa. El caso es que el chocolate caliente y el panettone fueron los más agrios y amargos que haya probado un niño en su vida.

Casi sin fuerza en las piernas, Philippe salió hacia el trabajo con el corazón roto de pena e impotencia. Trastabilló al salir del portal y poco faltó para que diera con sus huesos en el suelo.

Hacía unos días Don Jaime había llevado un IPhone nuevo a la tienda porque cuando lo puso a cargar hubo una tormenta y con el cambio de tensión se había chamuscado y había que repararlo.

Philippe estaba tan nervioso y desanimado que cuando cogió el aparato para repararlo se le escurrió de las manos y cayó al suelo. Ya lo que le faltaba era que alguien se hubiera percatado y le hubieran despedido. Gracias a Dios no fue así y nadie se dio cuenta. El teléfono estaba bien, solamente tuvo que recomponer la carcasa.

Sin embargo, el accidente fue como una luz de alarma para Philippe. Fue entonces cuando reaccionó y se puso a buscar una solución. Arregló el teléfono en tiempo récord para tener contento a Don Jaime que le había pedido que lo arreglaran cuanto antes ya que era el regalo que le había hecho a su nieta.

Cuando fue a recogerlo, Philippe se armó de valor y le contó la situación al bueno de Don Jaime que era un pedazo de pan.

– Mire, una nómina no le puedo pagar, pero le puedo prestar 500 € para que compre los regalos de su hija. Ya me los devolverá, no se preocupe.

Cuando Philippe llegó a casa con los 500 € Carmen ya lo tenía todo pensado.

– No debemos gastar a lo loco en cosas inútiles y caras. Hay que comprar cosas que la niña vaya a disfrutar realmente, y alguna que cause mucho efecto y que le llene de alegría. Tú vas a buscarle una bicicleta buena pero no la más cara. Yo le voy a coger un peluche de la tienda de los chinos que no cabe por la puerta y no es muy caro, también le compraré una falda de Piolín que le gusta mucho y que tarde o temprano le iba a comprar. ¿Te parece?
– Claro que me parece, vamos a mandarla a casa de la vecina a jugar a la Play y que cuando vuelva se lo encuentre todo. Hay que hacerle otra carta. Que recupere su Amor por la Navidad.

Así hicieron. Cuando Elisa volvió de casa de la amiga y encontró la casa a oscuras solamente con las luces del Árbol de Navidad acudió allí con suspicacia y poco interés ni fe. Sin embargo, cuando vio aquel inmenso peluche y la bicicleta sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas pero esta vez de alegría. Sus padres la abrazaban y lloraban cubriéndole de besos y con la promesa de que algo así no volvería a ocurrir nunca más.

Gracias a la Generosidad de Don Jaime la Desilusión volvió a ser Ilusión y el Amor llenó el endurecido corazón de Elisa.

Feliz Navidad

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