Cuento navideño


Seguir una estrella

Por Adolfo Caparrós Gómez de Mercado

 

Era noche cerrada y Gaspar se subió la capa que cubría su espalda protegiéndose de los primeros fríos del año en las oscuridades de noviembre. Observaba detenidamente el cielo plagado de estrellas, como posiblemente ni tú, ni yo, lo hayamos visto en la vida.

Repentinamente, algo sobresaltó su vista, ¿qué diablos era eso que brillaba así? Lo observó detenidamente por lo menos durante una hora más. Allí seguía, se levantó a consultar sus libros, y no encontrando nada, fue a despertar a Melchor, creía que la causa estaba justificada, aunque llevase más de una hora durmiendo.

–         Majestad, he visto algo en el cielo que creo que os pueda interesar, perdóneme la molestia, pero considero que es de suma importancia.

Melchor también sintió aquél frío que empezaba a molestar a esas horas, cogió una manta de camello y se la echó por encima, un poco escéptico ante la alarma de Gaspar, que como todos sabemos, es un tanto soñador y tendente a la fantasía. Se asomó a la ventana, y aunque sus ojos empezaban a estar algo cansados, vio de qué se trataba… ¡Allí estaba! Siempre había destacado por su buena vista, a pesar de todo.

–         Señor, he mirado en los libros, pero no he encontrado nada relativo a esa estrella…

Melchor se acarició la barba y sonrió ante la ilusión de que por fin hubiera llegado su gran misión en este mundo. Pasó el brazo por el hombro a Gaspar y le dijo que avisase a Baltasar, no había tiempo que perder, ya les explicaría por el camino, tenían que preparar todo lo necesario para el viaje. Baltasar era muy organizado y seguro que no se le olvidaría nada.

Asombrado de que Melchor no refunfuñara porque le despertaran, como en él era habitual, y con la esperanza de que nuevas aventuras se avecinaran, fue a llamar al resolutivo Baltasar. Juntos, se dispusieron a preparar todo lo necesario.

Melchor miraba embelesado la estrella. “¡Ahí está! Es tal como me la prometiste, mi Señor. Había perdido la esperanza, pero no te has olvidado de mí” Fue a por su rollo de oraciones y empezó por las que pensaba que más podrían agradar a Dios.

–         Majestad, los camellos están preparados. ¿Quiere que le ayude a vestirse?

–         Tenemos que llevar las ropas de gala, la misión que vamos a emprender es la más importante de nuestras vidas, no lo olvidéis –Dijo Melchor con la vista todavía puesta en la estrella.

Cogieron todo lo preciso, sin más descanso, bebieron un poco de leche con miel, comieron algo de fruta y se pusieron en marcha.

–         Majestad, estamos impacientes, ¿no nos va a decir nada sobre esa estrella? Llevamos años escudriñando el cielo, aprendiendo de usted y de los libros, y nunca habíamos visto nada igual.

–         Sois mis dos más fieles y eficaces ayudantes, y debéis saberlo, de hecho, no habría seguido esta vocación del estudio de los cielos si no hubiera sido por lo que ahora voy a contaros.

–         Majestad, le agradezco que haya confiado en mí para esta tarea, siendo yo de un reino tan humilde. –Era la voz de Baltasar, rey de un pequeñísimo país, que había sacrificado sus dotes de estadista por entrar en el mundo de la magia.

–         Como os iba diciendo, hace muchos años recibí un oráculo en el que se me decía que esta estrella iba a aparecer, y que nos conduciría ante Dios mismo hecho persona. Por eso, siempre nos hemos quedado de guardia mirando al cielo alguno de nosotros, porque estábamos buscando esta que ahora se nos presenta, pero ya las fuerzas son pocas y el alba despunta, vamos a abrir las tiendas, que mañana nos espera una noche dura, en la que nos adentraremos en los fríos del desierto.

Mediada la tarde, fueron amaneciendo sus serenísimas majestades. El primero en hacerlo, fue, cómo no, Baltasar, que andaba trasteando. Preparaba té y unas deliciosas tortas. Con el aroma, Gaspar y Melchor se despertaron también.

Después de las oraciones, empezaron las comidas. Mientras, la tarde iba cayendo, pero la estrella no aparecía. Melchor no dejaba su barba quieta, y le daba más vueltas que a un molino.

–         No podemos haberla perdido, ¿no?

–         Esperemos que no, trae los mapas. –Gaspar llevó los papiros, que extendidos sobre la arena, representaban el mundo conocido. Cada uno tenía sus teorías, pero nadie se atrevía a hablar.

–         ¿Alguna idea? –Preguntó Melchor.

–         ¿No se trataría de un desprendimiento de polvo cósmico provocado por algún asteroide? –Se aventuró Gaspar.

–         ¡Majadero! ¿Cuándo el polvo cósmico ha levantado una estela de esa magnitud? ¿No decías, tú mismo, que no habías visto nada igual?

Daban vueltas y más vueltas a los planos sin llegar a ninguna conclusión. Cuando ya levantaban el campamento, Gaspar dijo su frase preferida:

–         “Piano, piano, se llega sano y se llega lontano”, ¿por qué no nos ponemos en camino, por si la encontráramos?

–         Por intentarlo nada perdemos, y de volver, siempre habrá tiempo. –Sentenció Melchor.

Fue así como hallaron la estela perdida y volvieron a sonreír, con la esperanza de una misión que les haría grandes, de un encuentro místico y espiritual que llenaría por completo sus almas sin necesidad de lujos y oropeles.

¡Feliz Navidad a todos!

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s